Piura: Una tierra calurosa y mágica

Publicado: febrero 11, 2011 en crónica

Uno de los extensos valles de Ayabaca

Me hice el enfermo para que mis padres me lleven, no sé a dónde, pero ellos se iban. En mi casa se quedaron mis hermanos mayores, que dubitativamente miraban mi fingida actuación. Eran las nueve y media de la noche y la despedida de mis padres no me convencía del todo. Yo, como era muy niño y nunca había viajado, los veía cargar maletas y sacos de ropa. Entones hice un berrinche que no paró hasta que me hice el que vomitaba, en frente del taxista que esperaba impaciente. “Lo llevamos”, dijo mi madre a  mis hermanos. Alisté algunas prendas y lo necesario para partir. Adentro del vehículo, ya supuestamente mejorado, pregunté a dónde. La respuesta fue simple y desconocida: Piura.Llegamos a la agencia a eso de las diez de la noche. Entramos al bus en el último llamado para esa hora. El personal metió en la parte inferior del bus nuestras maletas y dieron la orden para la marcha. Partí junto a mis padres a la tierra que, con seguridad, tengo un pedazo de ella.

Cuando amaneció ya estábamos en la ciudad de Piura. Hubo un receso para desayunar y comprar bebidas. Mis padres tomaron café y yo una taza de leche con panes con pollo. La ciudad era muy parecida a Trujillo. Pero aún nos faltaba más recorrido.

La siguiente parada fue en Sullana. Lo que me acuerdo de allí es un mercado y el piso de tierra. En ese mercado almorzamos arroz con pescado frito. La gente avanzaba de un lado a otro y se desesperaba para hacer sus compras. Caminamos por cinco minutos y subimos a un vehículo donde un señor gritaba ¡Ayabaca, Ayabaca!, un lugar que una vez de niño yo escuché. Para ubicarse será mejor ver el mapa del norte de Piura.

Fue una calurosa mañana con cielo despejado. Avanzábamos por zigzagueantes caminos y curvas peligrosas. Después dimos vueltas en círculos de un cerro a otro y tuve la idea que de esa manera volveríamos al lugar donde partimos. Por un momento me perdí y me mareé. Cuando miré por la ventana, vi un precipicio gigante que me asustó y me puso nervioso más de lo que estaba, pues una señora a mi tras encogía su cara y su cuerpo por temor a caernos.

Hasta que al fin llegamos a una carretera vertical y que estaba de bajada. La vegetación se hizo exuberante. Ingentes arboles se dejaban llevar por la monotonía del viento. Divise a los lejos un ganadero y a sus animales que pastaban. El cielo se veía a unos metros de mi cabeza con nubes apenas perceptibles. Nos adentramos más. Algunos sufrieron el soroche y dolores de cabeza. Mi impresión me alejó, por suerte, de todo eso. Ya el aire olía a leche de vaca, carne tostada y leña.

La tierra del Señor Cautivo se abría paso entre riachuelos y rocas gigantes. Llegamos a la Plaza de Armas y allí nos bajamos. Lo primero que hicimos fue ir a la iglesia a rezar por nuestro buen viaje. Una figura de Jesucristo con vestimenta morada me llamó la atención por ver a la gente como hacía cola para besar su manto sagrado y dejar rosas a su costado. Era la festividad del Señor cautivo de Ayabaca. Mi mamá también fue. Cuando salimos, mi vista había obviado como el pueblo se encerraba entre cerros y más vegetación. Ya era medio día.

Recién conociendo las calles de ese bello pueblo, me aventuré a caminar y explorar todo lo cercano. En los pasajes estrechos las personas conversaban con sencillez. Todas las casan eran gigantes. Para completar nuestro pequeño recorrido, que ya llevábamos media hora paseando, fuimos a comprar pan en una señora que tenía una canasta afuera de su casa. Me llevé una sorpresa porque, aparte de que era delicioso, supe que tenía una propiedad especial: duraba una semana sin ponerse tieso como una piedra. No lo creí.

Nuestro destino todavía no era ese pueblo. Teníamos que alejarnos más, ir más al norte. Una camioneta se encargó de transportarnos a Succhabamba, donde nunca en mi vida sabía que tenía familiares. Hay nos esperaban mi abuela y un tío. Fue un recorrido de una hora soportando el calor abrumador. Pero no fue fácil llegar hasta la casa de mi abuelita, pues donde se ubicaba era una subida, donde no llegaban los vehículos. Bajamos  de la camioneta y ascendimos por el camino que indicaba mi madre. Me sorprendí al ver dos cerdos comiendo maíz. Nos abrimos paso entre cañas de azúcar y por fin llegamos. Una casa gigante de adobe, con poyo afuera y dos burros amarrados a un tronco grueso y leñoso; era la casa de mi abuela.

Aparte de conocer la familia por parte de mi madre, conocí la vida profunda de los habitantes de esa zona. Mi tío me llevó a cosechar yucas en esa tierra fértil. También fuimos a sacar naranjas entre plantas espinosas, volviendo a casa con la espalda sucia por acostarnos en la tierra. Por primera vez, vi en vivo como se prepara queso con fórmulas naturales y sacar leche de la ubre de las vacas. Era buen tiempo para la cosecha de maíz, así que con mis primos llevamos morrales y pasamos toda la tarde  en los pastizales, divisando el cielo donde el sol muere lento. El horizonte desde donde estábamos era gigante y si soltaba tal vez un grito, hubiera chocado contra las murallas azulinas en frente de mis ojos. Era puro el aire que se respiraba. Todas las tardes era una regla del hogar traer galones de agua de la quebrada para cocinar. Es agua verdaderamente pura. Aprendí a manejar los burros para movilizarme. Esos animales son inteligentes aunque no parezcan, pues conocen el camino de regreso, solamente hay que dejarse llevar.

También el clima jugó su papel. Las lluvias son torrenciales y te atrapan en donde estés. Una tarde regresé empapado con mi tío cuando fuimos a comprar maní para preparar los famosos bocaditos, unos dulces cuya preparación siempre me fascinó. Los truenos parecen temblores aéreos que dispersan su enojo a lo ancho de la sierra. Los rayos reventaban como el flash de una cámara, dejando mis ojos dañados por la luz.

Una vez sentado en el poyo, junto a mi madre, de nuevo me llamó la atención esa murralla gigante y azulina. “Es la frontera con Ecuador”, dijo mi madre respondiendo a mi pregunta. Es magnífico saber que estás a unos metros, literalmente, de otro país.

Toda la semana fue verdaderamente de muchas aventuras y, más que todo, de presenciar el mundo que ignoraba por la acelerada urbanidad. Regresando a casa, salimos por todas las rutas que llegamos. Comí el pan que había sobrado todo ese tiempo y degusté de su sabor. Estaba suave. Había sido verdad lo que me dijeron.

Crónica – Ray Eduardo Bendezú Merino

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